Enero.
Se esfuma el tiempo. Casi no lo creo.
Ya se acabaron tus consejos, abrazos y bendiciones.
Tiempo. Se reviven emociones.
Todas guardadas en sencillos rincones
de ese «pendrive de sentimientos»
y de ti carpetas tengo, montones.
De tus labios mañicos yo pude escuchar
frases repletas de palabras sinceras
hechas oración que aún resuenan.
Tantos años conservo tu tono de voz en mis oídos,
que Poveda tan bien expresó:
«Que resultan tan inconfundibles hombres y mujeres
cuando son de Dios».
Guardo tantos instantes que llevan tu nombre:
recuerdos de tantas tardes, paseos, risas, detalles;
que a veces utilizo, sin darme cuenta,
para ponerte de ejemplo en clase.
Tengo grabado a fuego en mi ser tus abrazos.
Ese consejo de amigo que llevo siempre conmigo.
Mirando alguna foto lo tengo claro
que tu recuerdo está aquí muy vivo.
Vida, bendita esa palabra que tantas veces
dibujastes con aquellas manos.
Vida que diste a los tuyos.
Vida que me diste a mi.
Vida por donde pisabas: Teruel, Oviedo, Madrid....
Y tengo tantas frases que hoy te escribiría,
que se resumen en una: Dios te bendiga.


Un hombre increible. Un hombre de Dios.
Estará siempre en nuestro recuerdo.
La verdad es que Agustín era único. Un hombre de Dios. Siempre dispuesto a escuchar y siempre sonriendo. fue un gran sacerdote con una calidad humana, que ya muchos/as quisieran